VIDEO: Cuando los rayos del sol devoran al migrante

Agustín Palma – Diciembre 18, 2015

Esto es un carnaval de cláxones, de mentadas, donde las manos se estiran para implorar caridad… no hay tal.

Aquí se celebra sólo una cosa: el desplazamiento de sueños mutilados, de migrantes centroamericanos, cuyas ilusiones hicieron una pausa para mendigar, para rogar porque éste no sea otro día de barrigas vacías.

El sol cenital devora la piel de Dana Zoé, una niña de cuatro años que es cargada por su padre, un hombre que nació en la región bananera de Comayagua, Honduras.

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Están lejos de su casa, duermen donde les agarre la noche: bajo puentes, en centrales camioneras y desde hace tres días, cerca de las vías frente a la Plaza Las Américas en Ecatepec.

Padre e hija viven la pesadilla del sueño americano en compañía de la familia Romero, formada por tres integrantes, el más pequeño de ellos tiene cuatro años; devora una mandarina, se la regaló una señora que viajaba sobre la Avenida Central en una camioneta negra.

“Llegamos a Ecatepec hace tres meses, veníamos en “La Bestia” y nos tuvimos que bajar para pedir comida, vivieres, nos robaron todo en Tenosique, Tabasco”, dice Daniel Romero.

Este albañil de oficio, tiene las mejillas marcadas producto de los golpes que le propinaron (hace un par de semanas); asegura, eran policías municipales quienes lo asaltaron.

“Me amenazaron con aventarnos a Migración, con llevarnos a los separos si no les daba los 320 pesos que había reunido en este mismo cruce”, denuncia el originario de Tegucigalpa.

En las colonias cercanas a Ecatepec, algunos hombres y mujeres que viven con el rostro quemado y las esperanzas puestas en llegar al norte, alquilan cuartos para pasar la noche.

“Pagamos 110 al día, incluye nada más el cuartito; también puedes rentar por 700, 800 o mil pesos al mes “, explica Daniel mientras recibe una bolsa llena de ropa, de una automovilista.

Pedro Morales tiene 55 años, ya no sabe qué hacer, está desesperado porque cayó del vagón donde viajaba con su esposa, ahora no sabe su paradero. Él iba a Georgia donde le dijeron que estaban sus hijos, quienes también migraron en septiembre de 2014 a los Estados Unidos.

“Tengo uno de 25, una hija de 18 años y otro de 14 que también se vino y no lo encuentro, los quiero localizar, por amor de Dios, ayúdenme”, exclama y sus ojos parecen enrojecerse por las lágrimas, pero dice que es por el sol.

De distinto origen, pero reunidos en un sólo espacio, deambulan los migrantes en el mar de autos que no se detienen, que de vez en vez frenan un poco y sacan restos de comida, monedas que les sobran en la bolsa.

La indiferencia es la que reina en las avenidas, en cada semáforo en rojo cuando los migrantes, los que no son de aquí, pero tampoco de allá se acercan a pedir un poco para cumplir su sueño americano.

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