Huehuetoca se torna refugio de migrantes (Fotogalería)

Decenas de indocumentados que esperan encontrar el tren que cambie sus vidas, tocan tierra mexiquense, donde reciben alimento, atención médica pero sobre todo un espacio para descansar momentáneamente, para después enfrentarse a nuevos desafíos hasta llegar a su destino final: Estados Unidos.

En Huehuetoca, a la orilla de un tramo por el que corre la «Bestia» proveniente de Guatemala, se reabrió el 28 de enero el comedor San José, un espacio donde decenas de migrantes provenientes de Honduras, Belice, El Salvador, entre otros países que viven una difícil situación económica, buscan recobrar el aliento y la fuerza para continuar el viaje por el norte de México.

Este comedor, que en realidad es alojamiento, consultorio, dormitorio y bodega, cuenta con los servicios necesarios y básicos para atender a 50 ó 60 migrantes que llegan al día. Varias organizaciones como Vía Clandestina, Soy Migrante,

Ustedes somos nosotros, Migrante mesoamericano, la Orden de Misioneros Oblatos, la Congregación de Hermanas Auxiliadoras y personal civil que no pertenece a ninguna asociación, participan para el funcionamiento de este espacio.

Damián Ríos, antropólogo egresado de la Universidad Iberoamericana, encargado del comedor temporalmente, manifestó  que es una tarea ardua que jamás terminará «pues la migración llegó para quedarse».

Entre atender pacientes y preparar los alimentos, Damián -quien cumple jornadas de hasta 72 horas sin parar y descansa 48 horas-, dice no darse abasto pues «todos los migrantes sin distinción alguna, son atendidos y luego no hay voluntarios suficientes que vengan».

Sufren por buscar mejores condiciones de vida

Con cansancio, enfermedades, pero sobre todo temor, los migrantes enfrentan las consecuencias de haber dejado su país.

«Me caí del tren y me revolqué en el suelo, pero sólo me pegué por un lado», cuenta Narciso Garay Cruz, proveniente del municipio de Victoria, Honduras. Es un señor de 51 años, cumple 30 días viajando desde que salió de su tierra natal; sufrió una caída por lo que ahora continuará con una lesión en la cadera.

En busca de mejor suerte, Narciso dejó a su familia para llegar a Houston a trabajar y proveer a los suyos y así lograr mejores condiciones de vida.

«Salí de Honduras por que se vive una situación tremenda, hay una pobreza tremenda, que no haya uno como conseguir su dinero para comer, vestir y calzar».

Los migrantes pasan de 3 a 6 días en esta zona, debido a que los trenes corren a velocidades que no permiten a la gente abordarlos.

«Es que no se puede trepar porque pasa demasiado rápido, hay que esperar a que pase uno con poca velocidad para poder subir»

Autoridades atienden llamados de auxilio

Anteriormente, el comedor estaba ubicado en el municipio de Tultitlán, pero luego de presentarse varios conflictos de carácter delictivo y de inseguridad, vecinos de la zona pugnaron porque fuera cerrado el 5 de noviembre de 2012.

Asediados constantemente por la delincuencia organizada, los organismos responsables del comedor San José, exigieron a las autoridades la protección de los migrantes en territorio mexicano.

Ante esta situación, autoridades federales, estatales y municipales han puesto mayor atención a la cuestión migratoria, a resolver y evitar que los indocumentados sean víctimas de la ola delictiva que vive México.

«Ahora los policías patrullan la zona varias veces al día y si se les llama por alguna cuestión, acuden al llamado rápidamente».

Se percibe el miedo, miradas y murmullos se captan al entrar al comedor, nadie sabe qué pasa, sólo  esperan no ser víctimas del crimen organizado.

Comedor o campo de concentración

Llegan y se van cientos de migrantes cada día, pero mientras están en tierra mexiquense eligen si se alojan en el comedor San José, administrado por diversas organizaciones, ó se dirigen al albergue que tiene a su cargo la Diócesis de Cuautitlán Izcalli, mejor conocido como el «campo de concentración», quizá por su apariencia física.

Aquí un cerco de alambrado protege a los migrantes, carpas de lona y baños portátiles son para uso de los viajeros.

A la entrada, las personas dejan todas sus pertenencias y son revisados con la finalidad de no introducir ningún tipo de arma u objeto que pueda utilizarse como tal.

A cierta distancia se puede observar la presencia de policías dentro de las carpas, así como personas encargadas del manejo del alojamiento. Está prohibida la entrada sin autorización del sacerdote de la parroquia del pueblo.

Lo cierto es que, pese a las vicisitudes que puedan presentarse, los migrantes están decididos a continuar con «su sueño americano», aunque eso pueda costarles en ocasiones hasta la muerte.

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