Frontera de Edomex y DF, plaza que acoge a Guadalupanos

Con los pies palpitantes y los labios resecos Paty toma un descanso, tiende una cobija sobre el césped de un camellón, se sienta y acomoda a su hija de apenas 11 meses en su regazo para amamantarla, a su lado pasan incesantemente peregrinos que, como ella, anhelan llegar al cerro del Tepeyac.

Miles de devotos católicos cuya fe absorbe cansancio y dolor caminan hacia la Ciudad de México, provenientes de diversos municipios mexiquenses y varios estados de la República como Puebla, Tlaxcala y Morelos.

Cuando Patricia Arvizu salió de su humilde vivienda ubicada en la comunidad de San Martín Cuautlalpan, municipio de Amecameca, a escasos kilómetros del volcán Popocatépetl, todavía no amanecía y el viento proveniente del coloso era muy frío.

Ella y su esposo Marco Antonio Hernández han caminado durante seis horas y los alcanzó el mediodía con sus imponentes rayos de sol; entonces deciden detenerse un poco al entrar a la ciudad de México, donde nace la Avenida Ignacio Zaragoza, para luego reanudar su camino hacia el encuentro, dicen, con su patrona, la Virgen de Guadalupe.

Mientras esta joven mujer alimenta a su pequeña, Marco ha ido a buscar comida en un comedor improvisado por vecinos provenientes del municipio de Texcoco, quienes desde hace tres años cumplen una manda y traen guisado, arroz y agua de sabor, cada 11 de diciembre, para unas 500 personas que pasan por este lugar.

La frontera del Estado de México y el Distrito Federal en el oriente se convierte en una plaza, donde la generosidad y la fe se unen, aunque sea por un día, para mitigar la sed y el hambre de los peregrinos.

En este sitio los vecinos de la colonia Ermita Zaragoza, ofrecen comida y bebida a los cansados viajeros: tortillas, chicharrón en salsa verde con frijoles, tacos de alambre, arroz, mole con pollo, etcétera.

Uno de esos solidarios católicos es Manuel, quien prometió a la Virgen morena, dar de comer a peregrinos que fueran a visitarla cada año, mientras viviera su madre y tuviera salud, él comenzó su encomienda a las siete de la mañana y pasado el mediodía terminó satisfecho y con una paz espiritual que comparte con una sonrisa.

Después de media hora, el joven matrimonio de Paty y Marco, reinician su viaje para cumplir la promesa que el año pasado hicieran a la virgen de Guadalupe, cuando ella estaba embarazada; su hija nació bien y está saludable, “la virgen es generosa y si ella quiere seguiremos visitándola cada año para agradecerle lo buena que es con nosotros”, dice Marco, trabajador del campo, quien alienta a su esposa a seguir sus pasos.

 

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